Opinión
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Teología económica

Luis E. Loría

En un discurso reciente, el presidente Arias indicó que estamos al “borde del abismo”. Es la realidad. Quienes dicen que aquí no va pasar nada están muy equivocados.

Tampoco es cierto que nos hayamos preparado bien para enfrentar la crisis. En un escenario pasivo –sin medidas que transformen radicalmente las reglas del juego en la economía– los efectos de la crisis, con raíces locales e internacionales, serán devastadores.

La economía no crecerá, miles de costarricenses perderán sus empleos, el consumo se desacelerará, las exportaciones caerán, varias empresas desaparecerán y quienes tienen deudas no estarán en capacidad de pagarlas.

Para detener el avance de la crisis, el equipo económico del Gobierno ha propuesto desenfundar dos pistolas de agua. La primera, la del Ministerio de Hacienda, se prepara para disparar dos chorritos de agua: una inyección de capital a los bancos del Estado y luchará para que se apruebe un crédito para infraestructura. La segunda, la del Banco Central, disparará varios chorritos de gasolina que servirán para alimentar las llamas y neutralizar los disparos de Hacienda.

“Los países no crecen, ni generan riqueza, por decreto o por una mayor intervención del Estado”.

Economista

Investigador IICE-UCR

En adición a la disponibilidad de recursos para prestar, la reactivación del crédito productivo requiere de tasas de interés bajas durante periodos de tiempo largos. La manera sana para bajar las tasas de interés es frenando en seco la inflación. Tanto las minidevaluaciones como el experimento de bandas cambiarias fracasaron en ese objetivo. Por el contrario, sirvieron para, entre otros males, elevar la inflación.

Una estrategia coherente para enfrentar la crisis económica, para desilusión de muchos, tampoco emergerá de la exhumación de la tumba de John M. Keynes. Los países no crecen, ni generan riqueza, por decreto o por una mayor intervención del Estado.

La peligrosa inclinación por disparar el gasto público en momentos de crisis solamente puede contribuir a prolongarla. Antes de pedir al Gobierno que ponga plata aquí o allá, deténgase un momento y hágase la siguiente pregunta: ¿De dónde sacará la plata el Gobierno para hacer esos gastos? La respuesta es muy simple: de su bolsillo, de su salario, de sus ahorros, de sus pensiones y de sus utilidades.

¿Cómo enfrentar, entonces, la crisis? Con un paquete de medidas que garanticen una mayor libertad económica, que se traduzca un mejor ambiente para hacer negocios, la creación de nuevas empresas y mayor innovación. Ese es el camino que han seguido todas las economías capitalistas modernas exitosas para escapar de la pobreza.

Se requiere un paquete de medidas urgente que incluyan la reducción de tasas impositivas sobre la renta , la eliminación de impuestos menores (para que individuos y empresas cuenten con más recursos para consumo e inversión) y la dolarización de la economía (para anclar la inflación y reducir significativamente las tasas de interés). Si no se adoptan rápidamente esas medidas, muy pronto, será necesario recurrir a la teología económica: aquella rama de la economía que estudia a las economías que se lleva el diablo.

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