Opinión
Artículos Edición # 684
El país de nunca jamás
En un viejo cuento de Borges, un grupo de exploradores encuentra la fuente de la eterna juventud. En los alrededores vive un pueblo de gente hermosa y, claro, eternamente joven. Aquel pueblo afortunado, sin embargo, se encontraba en el más profundo atraso: su civilización era la del más temprano paleolítico.
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ENFOQUES
Intimidad y política
Constantino Urcuyo
El embarazo de la hija de la candidata vicepresidencial republicana, Sarah Palin, ha provocado discusión en los Estados Unidos.
De manera directa, el candidato demócrata Barak Obama ha señalado que el asunto es irrelevante, pues no tiene nada que ver con la capacidad para gobernar de la aspirante republicana, declarando fuera de límites la discusión pública de este tema.
Esta defensa del derecho a la intimidad revela respeto por la privacidad de los ciudadanos y una clara definición de las fronteras del debate.
Es obvio que la prensa y los políticos gozan del derecho de hurgar en el pasado de los candidatos; pero este derecho tiene límites.
Las fronteras están señaladas por una definición de lo público, que, en última instancia, le corresponde dar al aparato judicial.
Ningún derecho es absoluto en términos constitucionales; una buena interpretación de la constitución debe establecer un adecuado equilibrio entre todos los derechos.
Aunque se trate de un personaje público –como en este caso–, este goza de un ámbito para su intimidad, protegido de la injerencia indebida de cualquier individuo.
Existe también un derecho a la intimidad de las personas, cuya condición de actores en la vida pública no significa que aquellos aspectos de su vida privada, irrelevantes para su desempeño en el campo de la política, se puedan exponer.
Esto es aún más claro en lo que respecta a su familia, y particularmente a sus hijos menores de edad, quienes no deben llevar la pesada carga de responder por el protagonismo de sus progenitores.
Esta actitud del candidato demócrata habla bien de su condición humana.
Pero es más importante aún para sentar un precedente de respeto a la intimidad, particularmente en las campañas electorales, donde las artes del asesinato político simbólico y del linchamiento mediático han alcanzado las más altas cumbres de refinada perversidad.