Parece mentira que hayan pasado dos décadas desde la primera cumbre de la Tierra.
Más aún, parece mentira que si hace dos décadas el hombre le dio prioridad a la sostenibilidad ambiental como tema, hayamos llegado al 2012 sin realmente cambiar las condiciones de nuestra sostenibilidad en un sentido positivo.
Los últimos 20 años hemos visto a las megaeconomías emergentes explotar en su crecimiento del consumo, prácticamente eliminando cualquier chance de disminuir el ritmo de explotación del planeta; al mismo tiempo, las naciones ricas mantienen sus niveles de consumo y hasta han recurrido a la guerra para asegurarse el mantenimiento de su glotonería ambiental y energética hacia el futuro.
En Costa Rica ha sido frustrante ver cómo hemos permitido que la huella de carbono crezca de la mano del ingreso de miles de vehículos automotores viejos, de un sistema de transporte público que no se moderniza y no da paso a los ferrocarriles eléctricos con la fuerza que debe.
Asimismo, de una creciente proporción de la generación de energía a base de combustibles fósiles; del mal manejo de los desperdicios sólidos, delpésimo manejo de los recursos hídricos y, en fin, con muy poco avance en los temas centrales de aquella cumbre de hace 20 años.
De cara a Río+20, Costa Rica debería replantear su agenda ambiental de largo plazo.
Los temas principales ya están indicados en párrafos anteriores.
El marco para hacerlo debería ser plantear una meta ambiental retadora pero factible para el bicentenario de nuestra Independencia: nuestro balance de biocapacidad.
Esto significa lograr que la naturaleza del país regenere, cuando menos, lo que los residentes en esta nación consumimos.
Es una meta altamente retadora, pero mucho más factible que la carbono neutralidad para los nueve años que nos quedan hasta el 15 de setiembre del 2021.




