Estilos de Vida
El Financiero
 Patio. Francisco Zúñiga. Óleo sobre tela. 1930.

Arte que custodia al Central

El Banco Central de Costa Rica resguarda una colección de unas 900 joyas costarricenses

Como quien custodia un tesoro en sus regazos, de esa forma reposan unas 900 obras de artistas costarricenses en la morada del Banco Central de Costa Rica.

El romance artístico viajó hasta 1891, fecha que exhiben las dos obras más antiguas que conforman la serie.

Se trata de una colección de artistas costarricenses, con un valor de miles de dólares, de técnicas y temas variados en los que predomina el paisaje.

Se incluye una subcolección de retratos oficiales de todos los presidentes de la entidad, según dijo Alejandra Triana, curadora de artes visuales del Museo del Banco Central.

Las obras también muestran una heterogeneidad que pone de relieve ciertos trabajos y representa casi todos los artistas costarricenses importantes del siglo XX.

Fue por iniciativa de Ángel Coronas –primer presidente del Banco Central– que iniciaron las adquisiciones artísticas, sin embargo, se finiquitaron por fines netamente decorativos. La iniciativa se convirtió en la oportunidad para exponer el talento de artistas del calibre de Tomás Povedano, Francisco Zúñiga y Max Jiménez.

Ya para 1958, Álvaro Castro Jenkins, gerente en ese momento del Banco Central, tomó la decisión de continuar adquiriendo obras, pero con la misión de coleccionar lo más representativo del arte nacional, afirma Triana.

Se trató de compras movilizadas principalmente por oportunidades de precio o de accesibilidad, y no por criterios profesionales o especialistas.

Para finales de la década de los 80 hubo un interés por la exhibición, publicación, restauración y sistematización de la colección que desembocó en la creación de la Fundación para administrar los Museos del Banco Central (1993).

La colección duplicó su número gracias a dos donaciones importantes; una por parte de la familia del artista Manuel de la Cruz González y otra de la artista Dinorah Bolandi.

Casi dos décadas después, unas 900 obras reposan entre el papeleo y el movimiento de la principal entidad económica del país.

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